4 Llegada triunfal

Para llegar a Salt Lake City (a partir de ahora SLC) desde Los Angeles (a partir de ahora LA) hay que pasar por cuatro estados: sales de California, pasas una noche en Las Vegas en el estado de Nevada, cruzas una esquina de Arizona y por fin estás en Utah. Tras la obligatoria noche en Vegas (la segunda, pero eso también es otra historia), y ganar 50$ en la ruleta, llegamos a Utah, y sólo queda seguir la Autopista I-15 a lo largo de todo el estado, no hay otra carretera, así que no hay pérdida. Paramos en el descomunal Parque Nacional de Zion a hacer noche y llegamos al día siguiente a SLC. La verdad es que no hay mucho más en el camino aparte de desierto y carretera. SLC es preciosa, la silueta de la ciudad se recorta sobre un impresionante fondo de montañas que da una primera impresión que no se olvida fácil. Una vez dentro no hay muchos edificios (salvo en Downtown) y es como estar protegido por montañas todo el tiempo, además quedan al este de la ciudad y hacen muy sencillo orientarse.

Quedamos con Yira Yoggerst, una compañera del cole que es del Bierzo y se casó con un americano (Erik). Los dos tienen 37 años y dos hijas de 4 y 9 años: Yira junior y Leah, las dos molan mucho aunque la pequeña mola tanto que manipula un poco a sus padres. Vienen a la gasolinera Chevron en que hemos quedado en un Ford Excursion más grande que un tanque y nos llevan a un lago precioso entre montañas, están de picnic con las amigas del equipo de fútbol de Yira jr. y sus familias, algunas son mormonas y no usan bikinis, se bañan con camisetas. Nos pasean en una lancha que te cagas y nos invitan a hacer wakeboarding en el lago. Todo el mundo es muy amable pese a que Jean y yo actuamos un poco en modo trozo debido a lo inesperado del buen recibimiento.

La casa en la que pasamos la noche es probablemente la más bonita en la que he estado si no contamos los hoteles. Es inmensa, está impoluta y se encuentra en un pueblecito de montaña que se llama Eden. Las vistas de la puesta de sol en las montañas sobre el lago desde la terraza de su patio trasero o backyard hacen que te quieras quedar a vivir allí para siempre.

La primera noche hablamos con Yira y Erik sobre la búsqueda de casa y coche, la segunda las pequeñas Yira y Leah me “lían” para jugar al Guitar Hero de Metallica, ya que cada vez que hablo con sus papás me dicen que debería quedarme en Ogden y que vivir en SLC es casi que imposible. Pese a todo, son los mejores anfitriones que podría haber tenido: Erik hace snowboard y le gustan todos los deportes (salvo el ala delta), “not bad for an old man” repite mientras hace trucos de quinceañero sobre un wakeboard.

Yira me apoya con todo, Erik es como un niño grande que juega con juguetes caros y las dos enanas son demasiado guays para ser de verdad, la pequeña Yira habla español (no mejicano) e inglés perfectamente y la pequeña es demasiado pequeña y americana y cabezona para hablar español, pero conociendo a su madre que no deja de ser maestra ni un segundo al día acabará hablando cinco idiomas.

 

Hay una niña (mormona a juzgar por el número de hermanas que la acompañan) que me mira en el tren mientras escribo en una hoja reciclada de mis niños del colegio, va de rosa y lilla y lleva una flor enorme a juego en el pelo. Me recuerda que aquí hay muchos blancos, todos muy guapos, y que todo está muy limpio…

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