41 Malas noticias

Hoy, uno de febrero de 2013, no ha sido un día de buenas noticias. En el cole me he enterado de que mi Lizzy no va a venir porque su mama es una gilipollas que te cagas. Ha cambiado a todos sus hijos de cole porque al pequeño le dio una rabieta y la profe le castigó no dándole un premio que le iba a dar ¡SÍ, POR ESA PARIDA CAMBIA A TODOS SUS HIJOS (incluida mi Lzzy) DE COLE! Yo no sé si vosotros le veis sentido, pero yo no. Esta mañana cuando Miss Rebecca (la secretaria) me lo ha dicho me he quedado flipao y han entrado unas ganas de llorar delante de toda la clase que hasta los peques me han dicho “Mr. Fernández are you ok?” A lo que he tenido que contestar que no mucho, y entonces Mitchell, que nunca dice mucho tampoco, me ha dado palmaditas en la espalda (cómo me habrá visto…) y Katarina ha cogido las pinzas de Elizabeth que usamos para si se portan bien o mal y me ha dicho que me las podía quedar y así me sentiría mejor. Esto viniendo de unos enanos de siete años con los que compartes siete horas diarias es demasiado para cualquiera y ahí me tenías con treinta y tres añazos y sorbiéndome los mocos como una nenaza…

He arreglado un poco el día pateando montaña y disfrutando de otra espectacular puesta de sol como acostumbro, pero al llegar a casa he descubierto que a Jean le han robado la bici y que el abuelo de Rocío que nadaba en la playa con ochenta tacos se ha muerto…

El tío era como yo de alto, y nunca jamás me olvidaré del verano que pintamos la casa de su hijo. Andrés, el abuelo de Rocío, no nos dejaba trabajar un segundo sin darnos ochocientas indicaciones de cómo pasar el rodillo, cuanta pintura coger, cuantas capas dar o cómo sujetar el mango. Discutimos sin parar y la Roci y yo salíamos de allí desesperaicos. La escena más surrealista fue cuando tuvimos que empapelar el techo de la cocina… Primero, ni la Roci ni yo teníamos ni idea de cómo hacerlo, el abuelo no paraba de “aconsejar” a voces, hubo algunas confrontaciones más o menos fuertes y no nos acabamos mandando a la mierda de milagro. Al final el papel se quedó torcido y las paredes pintadas bastante regular… Todo esto Andrés lo hizo para tener una excusa para darnos unas perrillas, ya que yo no tenía un pavo y había trabajado en el peor trabajo de la historia en un bar-terraza de Gijón llamado “Las terrazas del Peri” donde me explotaban 12 horas al día por una miseria. A Andrés le gustaba hablar de sus trofeos de billar y tampoco olvidaré que compartimos una final de Roland Garros de Nadal saltando al borde del sofá escuchando a la abuela Justa quejarse de la chorrada que era emocionarse tanto por una “mierda de pelotita amarilla”. Siempre bendecía la mesa antes de comer y daba las gracias por cualquier cosa guay que le hubiera pasado durante el día. También me comentó una vez que andaba estreñido que si te comes dos kiwis al día se soluciona rápido y de hecho he comprobado la eficacia del método. En fin, que tras quedarme sin abuelos a los 12 y al morir Francisco, el otro abuelo de la Roci, hace no mucho, me siento como que me he quedado sin abuelos por segunda vez y me he encontrado al borde de las lágrimas también por segunda vez en el mismo día… Por otro lado también pienso que pese a estar muy triste, lo estoy porque quiero mucho a personas a las que a lo mejor no veo más, pero estoy contento también porque los he conocido y los he querido mucho y eso es algo bueno. DEP ANDRÉS CERVIGÓN

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